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por Humphrey Inzillo

24 de marzo de 2019  

Este tema es para los vejetes, para Rosso, para Kleiman.", dice el Indio Solari antes de cantar "Aquella solitaria vaca cubana" en un memorable concierto en Cemento, en 1987, donde Luca Prodan compartió escenario con los Redondos y cantó "Criminal mambo".

Claudio Kleiman se ríe cuando recuerda esa dedicatoria, inmortalizada en un casete pirata. "En ese momento ya éramos los vejetes", dice. Diez años antes, había sido el primero en escribir sobre ese grupo de delirantes que se convertiría en uno de los más convocantes de la historia del rock vernáculo. Ese es solo uno de los hitos en las cuatro décadas que Kleiman lleva como periodista de rock. En ese derrotero, pasó de ser un referente hasta transformarse en una leyenda. Fundador del Expreso Imaginario y pilar de la edición argentina de Rolling Stone desde su primera edición, en 1998, su firma es una de las más prestigiosas del continente. En todos estos años de tinta y música, se ganó la admiración de Charly García (que esperaba con ansias cada una de sus críticas) y de Gustavo Santaolalla (que lo considera uno de los mejores periodistas del mundo), participó de zapadas memorables en las salas de ensayo de La Renga y de Divididos, y entrevistó a gigantes como Iggy Pop y Carlos Santana, entre muchos otros. Sin embargo, y aunque no planea abandonar el oficio de escribir, su gran motivación hoy está sobre el escenario.

"La música es lo más cerca que tenemos los seres humanos a una experiencia trascendental, está más allá de las palabras y de los conceptos, es aire en movimiento -dice, inspirado por su nuevo métier principal-. La música y el periodismo siempre fueron como caminos paralelos, y que la música tenga un lugar más visible ahora es algo que estuve esperando desde hace mucho tiempo".

No es casual que su álbum debut, Era hora, llegara en un momento crítico para su oficio de toda la vida. "El periodismo está en una transición que nadie sabe muy bien para dónde va. ese que conocimos, con el que nos formamos, de notas largas, de investigación, de opinión, ahora solo se encuentra con cuentagotas, no tiene lugar en internet", reflexiona.

No es casual, tampoco, la impactante lista de invitados que se sumaron al disco desinteresadamente (ver recuadro). Kleiman nunca tuvo conflictos a la hora de borrar la frontera entre el músico y el periodista, y a partir del respeto que generaba cada uno de sus artículos, se ganó la amistad de varias generaciones de músicos argentinos. Era hora no es la incursión de un periodista en el terreno de la práctica musical, sino el resultado de una pasión de toda una vida: a la par de su carrera periodística, tocó con Skay Beilinson en una formación paralela a los Redondos (a comienzos de los 80), grabó un demo de tinte latinoamericanista -que incluía una versión del compositor brasileño Alceu Valença- y condujo varios proyectos ligados esencialmente con el blues.

Debajo del álbum blanco

Los tres primeros volúmenes de la discoteca Kleiman parecen parte de un manual del perfecto rockero: el Álbum Blanco, de los Beatles; Almendra y Manal. "Eran los que habían salido en ese momento, y no me imaginaba que iban a ser los mejores que iba a escuchar en mi vida", dice y evoca su adolescencia, esos años en los que iba a recitales, compraba vinilos y quería saber todo. "Haber crecido en los 60 y los 70 fue un caldo de cultivo muy rico. Mis primeros recitales fueron los B.A. Rock, pero también iba al Luna Park a ver a Viglietti o Quilapayún, y a escuchar a Piazzolla con Gerry Mulligan en el Auditorio Belgrano. Todo eso, mucho antes de pensar siquiera en la posibilidad de escribir".

Fue por esos años, también, que además de devorar críticas de discos en la Pelo y en Cronopios, empezó a escribir poesía y cuentos cortos, con una participación fugaz en una antología de poetas jóvenes a cargo de Miguel Grinberg, el pope de los escritores con alguna pretensión beatnik a quien Kleiman seguía con admiración en el diario La Opinión. "Y eso fue antes del Expreso, que fue mi acercamiento al periodismo y al rock ya desde adentro".

Cuando terminó el secundario, empezó a cursar Psicología sin demasiada convicción. Hasta que el servicio militar (en el Regimiento de la Policía Militar, en Palermo) lo obligó a interrumpir los estudios. Y, aunque parezca increíble, le cambió la vida (para bien).

En rigor, no fue exactamente la colimba lo que le cambió la vida sino un encuentro con un compañero, Alfredo Rosso, que con los años se transformaría en otro de los pilares del periodismo del rock vernáculo. Juntos conformaron un tándem imbatible. "En la colimba yo estaba con el radar atento a ver si aparecía algún alma afín al rock dentro de ese confinamiento. Y un día, en una guardia que le decían «imaginaria» porque era sin armas, me encuentro con una revista Mordisco, que fue anterior al Expreso. La tenía un pibe que no tenía mucha pinta de ser lector de Mordisco. Entonces le digo: «Che, ¿esa revista es tuya?». Y ahí me cuenta que se la había prestado un tal Rosso, de la oficina del Sargento Primero. Entonces empecé a buscar al dueño de la revista. Y resulta que no solo era lector, sino que escribía ahí. Así lo conocí, e inmediatamente nos hicimos recontraamigos. Y enseguida me contó que el dueño, Jorge Pistocchi, estaba ideando otra publicación. Al siguiente franco que tuvimos me llevó al departamento de Pistocchi en la calle Viamonte. Y eso fue un antes y un después para mí".

-¿Por qué?

-Su casa era un quilombo, había un par de colchones en el piso, una mesa larga llena de papeles. Y Pistocchi se ponía a hablar y era como una especie de gurú. Gurú por la capacidad de persuasión y por su pensamiento, que era muy profundo. La gente que se reunía a su alrededor era extraordinaria.

UN DEBUT ESPERADO

A fines del año pasado Kleiman lanzó su primer disco, Era hora, que incluye una ecléctica lista de invitados, con leyendas como León Gieco, Ricardo Mollo, Diego Arnedo y Gustavo Santaolalla; pioneros como el baterista Rodolfo García (Almendra), el guitarrista Claudio Gabis (Manal) y el tecladista Ciro Fogliatta (Los Gatos); héroes del blues como los maestros Marcelo Ponce y Jorge Senno o el baterista Juan Carlos Tordó (La Mississippi); y un seleccionado que incluye al murguista uruguayo Alejandro Balbis, el violinista estrella Javier Casalla, la cantante Claudia Puyó y músicos de los Ratones Paranoicos, entre varios más. Un personal imponente para cualquier disco debut, que cosecha el respeto y, fundamentalmente, el cariño que Kleiman ha sembrado en todos estos años de música. Son ocho canciones propias y dos coautorías (con Skay Beilinson y Pipo Lernoud), que dialogan con algunas obsesiones del rock nacional, pintan un paisaje urbano e indagan en cierto existencialismo barrial.

Cuando volvió a Psicología, en mayo de 1976, Kleiman se encontró con un panorama absolutamente distinto del que había dejado antes de entrar, todavía en democracia. Los pasillos de la facultad, que antes estaban plagados de carteles y eran un hervidero de militancia política, expresiones artísticas y tensión sexual, se habían apagado. "Estaban las paredes blancas, peladas. No había actividad, todos se mostraban sumisos, como salidos de 1984, de Orwell. Así que si la carrera me había interesado poco desde un principio, el contexto me alejó definitivamente".

En ese momento, el Expreso Imaginario estaba en gateras y Kleiman había asumido la sección de las críticas de discos. En parte, por su incipiente formación en el tema pero también porque su trabajo en la librería y disquería que tenía su hermano en Flores, y adonde iban a comprar Pedro Aznar y Daniel Melero, le permitía tener acceso a los últimos lanzamientos. Para el primer número, que salió en agosto de 1976 y en portada ofrecía una "Guía práctica para habitar el planeta Tierra", Kleiman reseñó discos de Bob Dylan, Neil Young y Frank Zappa. El reconocimiento llegó en el correo del segundo número, cuando Charly García mandó un texto breve, pero sumamente auspicioso, donde felicitaba a todo el staff y destacaba especialmente la sección Discos. "Todavía no lo conocía personalmente. Por eso se la debo: yo era un pendejo recién llegado y, a partir de eso, me empezaron a mirar con más respeto".

-Alguna vez dijiste que, más que una revista, el Expreso... fue una experiencia vital.

-Claro. Fue como una salvación para nosotros, y muchos lectores también lo sintieron así, porque nos pudimos crear como un micromundo. Era como una isla dentro de esa realidad siniestra que se vivía. El grupo inicial era una reunión de talentos alucinante. Además de Pistocchi estaba Pipo (Lernoud), que sería el codirector del Expreso y el Negro Fontova, ilustrador y director de arte. También Alberto Ohanian, que no por nada después fue mánager de Spinetta y de Soda Stereo, un tipo muy importante para realizar los delirios que Pistocchi tenía en la cabeza. Y Uberto Sagramoso, que fue el primer fotógrafo del Expreso. Todos tenían unos años más que Alfredo [Rosso] y que yo. Imaginate que todos los que quedamos vivos seguimos siendo muy amigos.

-¿Y cómo fue el vínculo con los músicos?

-Éramos parte de lo mismo: un grupo chico de gente que teníamos que cerrar filas. Eso produjo inmediatamente una hermandad y muchos siguen siendo amigos hasta el día de hoy: Gustavo Santaolalla, León Gieco, Claudio Gabis, incluso Luis [Alberto Spinetta] y Charly, por supuesto. Con algunos de ellos jugamos partidos de fútbol memorables.

Rock maravilla para este mundo

Aunque escribió muchísimas notas emblemáticas, como un largo perfil de Bob Dylan y un par de entrevistas antológicas a Charly García, Claudio Kleiman pasará a la historia por la crónica del primero de los Lozanazos, aquellos célebres conciertos en La Plata que dieron origen al mito de los Redondos. "El incipiente movimiento de rock platense parece volver a reverdecer viejos laureles. Así parece preanunciarlo la presentación, en el teatro Lozano de La Plata, de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, una delirante banda de nueve integrantes y multitud de colaboradores, que a fuerza de rock and roll, ingenio y buen humor parece querer remedar las doradas épocas de la psicodelia", escribió. Un par de párrafos a continuación, profetizaba: "Esos Redonditos de Ricota van a dar mucho que hablar en el futuro".

Cuatro décadas más tarde, Claudio evoca el impacto inicial y, una vez más, la amistad instantánea que nació aquella noche. "El paralelo más cercano que se me ocurrió cuando los vi fue con Frank Zappa y The Mothers of Invention, porque montaban un circo freak en el escenario. Había efectos especiales que fallaban, tiraban gallinas. Acá, no había precedentes de algo así. Y el nombre tenía una referencia muy clara a los grupos de rock & roll de los 50, como Bill Haley & His Comets, y eso era políticamente incorrecto".

La noche del primer concierto, en un bar, Kleiman, Skay y Poli forjaron una amistad que llega hasta hoy. Conoció a los demás, pero el acercamiento y la charla fue con ellos. "Hacían una música distinta de cualquier otra música que existía. Eso me atrajo mucho, porque me di cuenta de todo el bagaje cultural que traían, de que estos tipos habían curtido la psicodelia y habían leído los mismos libros que yo".

-Y a partir de ese encuentro inicial y de esa primera mítica nota, ¿cómo siguió la relación?

-Ellos tenían un departamento acá en Buenos Aires y siempre que venían, una vez por semana, Poli me avisaba y salíamos de copas. Íbamos a beber y en esas vueltas te encontrabas con personajes que ellos iban incorporando en los Redondos. Como Enrique Symns, en ese entonces monologuista del under. Y varios más que descubríamos en esas aventuras nocturnas.

-¿Y cómo te llevabas con el Indio?

-Teníamos un vínculo por el lado de la melomanía; él se hacía unas compilaciones en casete porque decía que se aburría de escuchar discos completos. Un adelantado a su época (risas). Los escuchábamos cuando iba a la casa. Era una caja de sorpresas porque no los mezclaba de cualquier manera, tenía una cuestión, era un DJ. Y discutíamos bastante porque en muchas cosas no coincidíamos. El se jactaba de ser más abierto y tiene razón, siempre fui más clásico en mis gustos. Por ejemplo, la época del new romantic yo no me la bancaba ni ahí y a él le gustaba. Te hablo de la segunda mitad de los 80.

Kleiman vio el crecimiento exponencial del grupo hasta alcanzar la dimensión de estadios. Y fue testigo, también, de la consagración de artistas como León Gieco, Charly García y Gustavo Santaolalla. "Charly me confesó, no hace mucho, que él esperaba especialmente leer mis reseñas sobre sus discos. Y eso, imaginate, lo que significa para mí", se enorgullece entre recuerdos de sesiones de grabación y reportajes compartidos.

-¿Cómo lidiás con la idea de que muchos de tus amigos músicos se hicieron millonarios?

-Lo hago lo mejor que puedo. No se me escapa, digamos, esa contradicción, pero así como he visto eso también he visto gente muy talentosa terminar en la miseria. Quejarse sería pretencioso o injusto de mi parte. Quizá nunca fui muy hábil. Siempre fui más detrás de lo que me atraía hacer que de lo que podía proporcionar un rédito económico. Y bueno, qué se yo, calavera no chilla. Me hubiera gustado ganar más plata, pero no sé si no tuve la habilidad o el talento. Por otro lado, si yo hubiera querido hacer plata hubiera seguido la carrera de escribano, igual que mi papá, que era lo que él quería, y probablemente estaría muy bien económicamente. Hubiera heredado la oficina de mi viejo. Pero bueno, uno entró en esto como una forma de rebelarse contra el orden establecido. Y eso, en mi caso, no tiene muchos premios.

Palabra de Santaolalla

Desde Kuwait, donde participa de una gran conferencia de videojuegos, y antes de partir a Suiza para una visita especial al CERN, el mayor laboratorio de investigación en física de partículas del mundo, Santaolalla escribe sobre Kleiman. "Claudio es uno de los periodistas de rock más capacitados que he conocido en mi vida. Siempre he sido un ávido lector de publicaciones de música de todo el mundo, y luego de haber leído a autores como Lester Bangs, Dave Marsh, Robert Hilburn, Timothy White y Joe Boyd, entre otros, puedo afirmar con certeza que Claudio está a la par de cualquiera de esos monstruos del periodismo del rock mundial. Su conocimiento es tan vasto y su capacidad de análisis tan acertada que siempre ha sido una referencia fundamental para el descubrimiento de nuevos artistas y la profundización de la obra de los ya establecidos. Claudio es uno de los pioneros del periodismo de rock en nuestro país y uno de los pocos que le han dado validez y seriedad a la profesión. A su trabajo como cronista ha sumado su talento como músico también y creo que eso hace que hoy su comprensión de lo que escribe sea aún más profunda. Pero además de sus increíbles condiciones como cronista, Claudio posee una calidad humana que le permite relacionarse con sus entrevistados de una manera muy especial. En sus reportajes logramos llegar a descubrir aspectos de un artista que muchas veces no se conocen. Finalmente, debo confesar que, en mi caso, se suma a mi admiración y respeto como profesional, el entrañable cariño que le tengo como amigo".

Claudio fue parte fundamental en la historia del Expreso y esta nota no podía faltar.

En esas lejanas épocas lo escuchaba cantar y cuando lo hago hoy no puedo creer como ha crecido y la perserverancia que tuvo para llegar a ser considerado un excelente músico  y como siempre lo fue, periodista.

Nota original en Brando

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