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Tal vez la mejor forma de presentar a Pistocchi sea dejarlo contar cómo fue que a comienzos de los años setenta cobró una herencia que tardó cinco años en dilapidar. “Dicen que la plata hace la felicidad, y por las dudas probé a ver si tenían razón”, cuenta el maquinista principal del Expreso, que con el dinero de su herencia le llegó a pagar el viaje a los Almendra para que fuesen a Estados Unidos a comprar los equipos necesarios para armar aquella ópera que nunca se llegó a concretar. “De no tener nada, de golpe me apareció todo este dinero junto, que hizo que le perdiera el gusto a las cosas porque todo se volvía demasiado aparente. Afortunadamente me llegó con toda una experiencia detrás, pero durante el primer año realmente me dediqué a satisfacer todas las frustraciones que podía haber acumulado en el camino”, intenta explicar Pistocchi, el hombre sin el cual no habría historia que contar.
Nacido en Jujuy y Rivadavia, hijo de padre italiano y madre galesa, el niño Jorge se crió en conventillos de la calle Lezica y estudió para ser ingeniero, tal como lo era su padre, que se dedicó a la industria refractaria, trabajando en Altos Hornos Zapla y San Nicolás. “Pero yo no quería ser como mi padre”,

advierte rápidamente. “Como afortunadamente no tuve cerca a mi viejo, fui muy rebelde desde chico y tuve una vida con muy pocas barreras.” Atraído desde muy joven por el dibujo y la escultura, Pistocchi apenas si terminó sus estudios en un colegio industrial de esos en los que estudiaban quienes realmente odiaban el colegio industrial, y se zambulló de lleno en la calle. Recuerda haber pasado al día siguiente del bombardeo por Plaza de Mayo, y haber sido marcado por lo que él llama “aquel espectáculo del futuro”. “Veías que no había límite”, intenta explicar hoy en día quien fuera un joven fascinado como tantos otros por el rock que se escuchaba en la banda de sonido del film Semilla de maldad, que fue un suceso en lo que él considera un lugar tan reprimido como el Buenos Aires de aquella época.

“Aquel fue el primer contacto con un sentimiento profundo de libertad”, recuerda Pistocchi, cuyo primer contacto con la escena del rock local fue a través de Miguel Abuelo, al que conoció cuando estaba viviendo cerca de La Perla del Once. Después, sí, ofició de mecenas de Almendra y se hizo amigo de Spinetta...

 

Martín Perez

con Robertino Granados

"Circunstancialmente cobré un dinero de una herencia. Yo estaba en circunstancias bastante extremas y ese dinero me permitía hacer lo que había fantasiando y era imposible. De pronto todo era posible. Y como conocí ese mundo que se estaba gestando, a mí me pareció fantástico poder potenciarlo. Veía el talento de Miguel (Abuelo) más allá de la relación de amigos. Verlo a Miguel componiendo... de pronto aparecía con algo genial. Y yo pensaba: 'Esto tiene que potenciarse'. Y para mí no era tampoco un sacrificio muy grande. A Miguel le compré instrumentos para el grupo El huevo, que había hecho con (Carlos) Cutaia y con Pomo. Era un momento formidable porque todos estábamos haciendo muchas cosas y había mucho desprendimiento".

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Con Susana Pistocchi

"Yo de muy chico viví situaciones, afortunadamente, de cierto marginamiento. Incluso en los colegios tuve mucho rehazo. Para mí era una situación mi adolescencia también. Entonces todo eso me fue marcando a ver las cosas desde otro lugar, como entiendo que a otra mucha gente le ha pasado. Hay gente que elige marginarse, otra que está marginada, entonces hubo un desarrollo y yo creo que la calle juntó todos esos distintos marginamientos de distintas clases sociales".

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