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En tanto la Luna enrojecía,

Jorge se despegaba de sus tercos huesos,

abría los brazos hacia el Universo

y ampliaba el campo de sus atrevimientos.

 

Lejos de la solemnidad, cara a cara con la Luz,

la infinita ráfaga de aleluyas que entonó de pie,

siempre hacia lo alto, provisto de locas osadías,

en estado de infatigable peregrinaje terrenal,

atento a las vibraciones de toda una generación,

despierto cuando todos simulaban normalidades

y reposando lo necesario para reanudar la lucha.

 

En tanto muchos observaban mansamente el cielo,

su corazón dio vuelta la página y saltó al espacio

desplegando por completo las alas de su itinerario,

no para abandonar el ritmo del imaginario expreso

que tripuló a toda hora como inalterable sembrador,

fiel y osado en medio de la multitud enceguecida.

 

No para renunciar a la batalla ni para pedir tregua,

sino para continuarla desde otro plano, ilimitado,

así como su alma lo indujo siempre, sin mirar atrás,

con el horizonte como paisaje y la vida sin miedo.

 

La imagen de la Luna fue diluyéndose en lo alto,

vaticinando épocas de conmoción y revelaciones.

 

Él supo dónde se alojaban las mejores profecías.

Él diseminó certidumbres con generosidad extrema.

Él supo delimitar el camino hacia la clarificación

de las prioridades y el ejercicio de los poderes.

Él, simplemente, sigue planificando conspiraciones.

Allí va: despierto para siempre, de paseo, sonriendo.

Conocí a Jorge Pistocchi cuando él metía alma y dinero en llevar adelante la experiencia luminosa de "Almendra". Hacia 1971, en su dpto. de la Calle Viamonte, con un grupo de amigos músicos y poetas (Luis Alberto Spinetta, Emilio del Guercio, Rodolfo García, Hugo Tabachnik, entre otros) comenzamos a reflexionar sobre la experiencia humana en el planeta Tierra. En su máquina eléctrica de escribir, tecno-novedad de la época, tipié un número entero de mi revista "Contracultura".

Después surgieron mi programa "El Son Progresivo" por Radio Municipal, los encuentros con  público de Rock en el Parque Centenario,

su revista "Mordisco", los recitales de Luis con "Artaud" en el Astral, y un vértigo de otras realizaciones pioneras, como la revista "Expreso Imaginario". Otro amigo, Mario Rabey, contribuyó a crear el sello "Mandioca" (desencarnó hace pocos días y lo extrañamos). Pipo Lernoud mantuvo latente el espíritu de La Cueva... Muchas historias confluyentes, que alguien debería documentar. Hoy, Ralph Rothschild lucha para terminar el Auditorio Goga en El Bolsón, en tanto otros siguen sembrando certidumbres en Epuyén, San Marcos Sierra, Traslasierra, Capilla del Monte, Cachi, Ushuaia, Bariloche, y demás puntos de luz. En resumen, fuimos y somos la gente que estuvimos esperando. - 

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