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La noche del domingo 27 de septiembre, con un eclipse de luna roja como testigo, el editor y agitador cultural Jorge Pistocchi cerró los ojos por última vez. La noche anterior, en el conventillo de La Boca donde vivía, había sido anfitrión del festival Be Free Rrioba. “Sean libres” fue su último mensaje. Eso leyeron los vecinos del barrio de la Ribera en el afiche colorido, que, pegado en las paredes cercanas al conventillo, quedó como testigo de su última acción cultural. En homenaje al hacedor de las revistas Expreso Imaginario, Pan Caliente, Mordisco y Zaff, los autores y directores del documental “Blues de los plomos” (2013), Gabriel Patrono y Paulo Soria, recuperan la entrevista inédita que le realizaron en 2011 durante la producción del film. 

El legendario editor viene de pasar momentos bravos, pero no se detiene. Problemas de salud y habitacionales lo tuvieron a las corridas estos años. Como si fuera un hombre fuera del tiempo, que no encaja en ningún lugar, y sin embargo está.

Jorge no usa celulares y su paradero es errático. Cuando llegamos al encuentro, se había olvidado de nosotros y de la entrevista. Entre mates y galletitas de agua, en una casita que le prestan después de las cinco de la tarde en el barrio de La Boca donde funciona su espacio de trabajo y reuniones, rodeado de pibes de veinte años que lo acompañan en sus andanzas y lo vuelven loco, Pistocchi recorre su vida con la potencia de alguien que ha vivido intensamente. En su discurso no hay queja ni dolor. Sus palabras nos remiten a un hombre lleno de proyectos, amigos, ilusiones.

La charla sucede una fría tarde de invierno mientras sueña con y trabaja en una resurrección de la revista Expreso Imaginario. Pero esta vez en formato centro cultural, radio y web.

—¿Cuándo aparece el rock en tu vida?
—Lo que se desarrolló bajo el nombre rock and roll fue un movimiento muy particular que viví desde sus inicios, en los años ‘50. Como toda mi generación, cuando tenía quince años escuché “Bailando al compás del reloj”, de Bill Halley, y ahí empezó todo. Mi lectura es que a todos los que nacimos a partir de los años ‘40 nos tocó vivir una etapa de un quiebre muy profundo. A nivel social, cultural, tecnológico y desde todo punto de vista. Alrededor de los años ‘50, en especial en la Argentina, se da una situación muy particular, con los bombardeos de Plaza de Mayo y la caída de Perón, que era una imagen de alguien todopoderoso que de repente se cae. Socialmente fue un impacto muy grande que repercutió en distintos sectores de la sociedad de distintos modos. El cambio tecnológico también fue muy grande. Yo vi el primer televisor en una vidriera, cuando tenía 10 años. Son transformaciones muy grandes, que ahora se las ve desde otro punto de vista. Justo en ese momento nace el rock and roll. Ahora cuesta entender lo que significó ese cambio. Estamos atrapados en el mundo tecnológico. En ese momento, el mundo tecnológico casi no existía.

—¿Y vos cómo viviste ese cambio?
—La llegada del rock significó, dentro de algunos sectores de la sociedad, sobre todo el más marginal, el reconocimiento de otro mundo. Un quiebre que a muchos de mi generación nos pegó muy fuerte. En esos años se produjo el embrión de todo el movimiento, con artistas increíbles como Chubby Checker, Bill Halley, Little Richard y todos los que fueron parte de esa explosión. En una sociedad tan estructurada como la que había en ese momento en Buenos Aires, donde no se podía ni entrar en cines y bares sin saco y corbata, de pronto el rock despertó muchas cosas, como que mucha gente joven se pusiera a bailar furiosamente en un cine. Eran cosas inconcebibles. A mí me tocó participar dentro de todo ese período en el que los jóvenes no veíamos mucha salida, porque lo que había no nos gustaba, como conseguir un empleo, ser uno más. Entonces de a poco nos fuimos juntando. Personalmente, terminé preso a los 18 años. Me guardaron, no por mucho tiempo, pero me sirvió para reconocer ciertos encantos en la libertad que hasta ese momento no había reconocido. Justamente estando preso conocí a varios pibes que después fueron algunos de los primeros roqueros de acá, y también a algunos tangueros, que eran tipos bravos pero yo no lo sabía.

—¿Ahí empieza todo para vos?
—Un tiempo después de ese episodio en la cárcel me fui a vivir cerca de La Perla del Once. Muchas noches iba a ese lugar con mi amigo el poeta Hugo Tabachnik. Me asombró ver que en La Perla apareciera esta gente, y ahí recuperé el contacto con mucha de la gente de los inicios y conocí a otros. Yo era un poco más grande que ellos. Ahí estaban todos los primeros roqueros de acá. Me hice muy amigo de ellos, sobre todo de Miguel Abuelo, que vivía en la marginalidad. Por eso pienso que el rock reunió a distintos sectores sociales. Es un emergente de la opresión cultural de las ciudades, equivalente a lo que en su momento pasó con el tango. El rock de algún modo reemplaza ese lugar que había estado ocupado por los tangueros, como forma de expresión popular. Por mucho tiempo, estar en el rock fue como ser hincha de un club, ser parte de algo bastante irracional.

—¿Cómo fue tu participación en esos tiempos con la gente del rock?
—Fue bastante circunstancial. Desde chico tuve gran vocación por la plástica y por la escultura. Después de ese período tumultuoso en el que caí preso, salí en libertad en los primeros ‘60. Me costaba mucho insertarme socialmente y en la plástica estaban pasando muchas cosas acá. En Buenos Aires había una vida bohemia muy intensa. La vida en los bares que estaban abiertos las veinticuatro horas, una diversidad de grupos y propuestas muy fuertes. El arte estaba en las calles. Había un poco más de guita también, y eso influye. La gente tenía un poco más de tiempo. Después, en los años ‘70, todo eso tan alucinante se termina.

—¿Cómo vivías en esos años?
—A fines de los ‘60 cobré una herencia muy grande. De no tener absolutamente nada pasé en muy poco tiempo a ser rico. Me compré una bohardilla alucinante en Once. Me encontré con una amiga, relacionada con el Instituto Di Tella, un lugar que reunió a mucha gente interesante en esa época. Ella me contó que su novio era productor de un grupo muy bueno que resultó ser Almendra. Yo había estado en Perú un tiempo y no sabía mucho de ellos. Me los hizo escuchar y me asombró que se estuviera haciendo esa música acá. Me enteré de que estaban por sacar un primer long play, planeaban hacer una ópera, y necesitaban equipos. Yo tenía muchísima plata en ese tiempo. En cinco años me la gasté toda. Les dije “yo se los compro”. Pero de onda, para ayudarlos, no me interesaba ninguna otra cosa. Y los ayudé mucho, como ayudé siempre a todos los del rock de acá.

—Te gustaba estar con ellos…
—Me parecían alucinantes. Paralelamente me entero de que Miguel Abuelo no tenía dónde vivir y se vino a mi casa. Yo ni sabía que él tocaba y componía. Lo conocía, pero nunca lo había escuchado. Cuando lo escuché, me pareció tremendo el talento que tenía. A partir de ahí mi casa se fue transformando en un circo lleno de locos. Yo también era un loco. Ahí conozco el rock desde adentro, porque en mi casa paraban todos. Spinetta, Pappo, Pomo y muchos otros. Todos tomábamos mucho ácido, aparte de porro. Pero afortunadamente no estaba la merca. Así es como aparezco yo en todo esto.

—Estamos investigando sobre los primeros plomos del rock. ¿Cómo aparecen? ¿Qué pensás del mundo de los plomos?
—Al plomo de Los Gatos, Actemín, lo conocí mucho. Incluso recuerdo que tocó en un festival para los carnavales, cerca de la costa. Él también tocaba y actuó esa noche con Pappo. Los dos vivieron durante un tiempo en mi casa en esa época. Al final los tuve que echar a los dos porque eran algo terrible. Eso fue en el ‘70. El mundo de los plomos es muy vasto. Un movimiento activo que en esos años participaba de lo que se estaba gestando. Me acuerdo de tipos como Palito y Comanche, plomos de los inicios. Eran gente bravísima. Yo los he visto pelearse contra veinte. Eran parte de los distintos mundos que el rock aglutinaba. Había otro plomo de aquellos años, Tito Ingenieri. Un histórico que estuvo ocho años encerrado en el Borda. Es un gran escultor. Vive en Quilmes. He sido amigo de todos ellos. Y de Manija, un plomo que tenía las piernas medio deformes y era una especie de capo barrabrava también muy tremendo. Ellos estaban cerca de lo más pesado del rock, pero eran parte de lo que llamábamos “el circo”. A veces cobraban y la mayoría de las veces no. No era una relación económica, era más una cuestión de estar juntos. A la vez no había distinciones, cada uno tenia un valor en sí mismo.

—¿Y cómo lo recordás a Rosanroll?
 

—Fue de los primeros plomos. De aspecto parecía oligofrénico, pero era muy lúcido. Decía cosas que sorprendían. Él aparece en mi vida por los grupos de rock con los que me empecé a relacionar. Esto no se puede separar del contexto de la época, en la que había una represión tremenda. A Pappo y a Miguel Abuelo les han dado palizas terribles, sólo por ser rebeldes. Después de los shows de los grupos de la época como Almendra o Viento, el grupo de Edelmiro Molinari, íbamos a comer todos juntos. Eran mesas inmensas y estaban también los plomos. Después, con los años, cuando empezó a profesionalizarse más la cosa, empezó a ser un trabajo, pero al principio no era así. Había un espíritu muy distinto que después se cayó.

—¿Y él llego a trabajar con vos?—Cuando saqué la revista Mordisco, Rosanroll escribía sobre los chismes del rock, y lo hacía con mucha gracia. No es que me interesaba mucho el tema, pero me parecía muy divertido cómo lo hacía, porque además sabía vida y obra de todo el mundo. A la vez esa columna le servía

a los músicos porque él hablaba de que aquel grupo cambiaba algún integrante, se separaba o estaba por grabar algo nuevo. Ros, como le decíamos, escribía algunas cosas que eran una maravilla. Me acuerdo por ejemplo que cuando David Lebón estaba entusiasmado con el gurú Maharishi, Ros lo comentaba y decía cosas como “¿hasta cuándo tendremos que soportar otro dios que no sea el rock?”. Ese tipo de cosas era muy característico en él. Era libre, y sus comentarios eran muy cáusticos. Y era muy creativo. Me acuerdo de un fotomontaje que creó para su columna en el que se tiraba con un paraguas. Hacía esas cosas. Todo eso pasaba porque él siempre estaba en la redacción y tenía muchos chismes del ambiente. Entonces le decíamos “dale, escribí”.

—¿Cuándo fue todo esto?
—Esta experiencia de Mordisco fue en el ’73, ’74 y un poco del ’75. Fue antes de Expreso Imaginario. Ros vivía prácticamente en la redacción. La revista dejó de salir porque nos estafó el productor. Yo ya no tenía un peso.

—¿Ya no eras el mecenas del rock?
—(Se ríe) No, claro. No era más nada. Llegó un momento para nosotros muy difícil. Mordisco se vendía muy bien, pero nos tocó un estafador en el camino y no la pudimos sacar más. Pero a la vez ya me había enganchado con la idea de sacar una nueva publicación. Sabía de la potencia que tenía hacer un medio que nos represente, porque estaba la revista Pelo, pero que se dedicaba al negocio de la música. Nosotros íbamos más allá. En esos años se había ido mucha gente afuera; músicos como Miguel Abuelo y otros amigos se habían ido del país por la situación que se venía. Yo no encontraba gente para esta nueva revista que quería hacer. Entonces el plomo del rock Rosanroll fue quien me dijo que hablase con Pipo Lernoud, con quien al poco tiempo pudimos concretar la fundación de Expreso Imaginario. Ros era un gran conector de gente, con una capacidad enorme para eso, a pesar de que era un tipo muy rudimentario, pero muy agudo en sus observaciones. Los músicos escuchaban sus críticas con mucha atención. Hablaba de una manera muy torpe. Entonces en lugar de decir “rock and roll” decía “rosanroll”. Por eso le quedó ese nombre. Después se fue a Brasil y nunca más volví a tener noticias de él. Se movía en un mundo realmente muy pesado. Es uno de los olvidados próceres del submundo de la ciudad. Fue plomo de Litto Nebbia, Tanguito, Pappo y Spinetta.

—Tuviste el enorme placer de trabajar con Pescado Rabioso.
—Trabajé con ellos. Incluso conocía a Carlos Cutaia, el tecladista, desde antes. Más que trabajar, los ayudé mucho. Comprando equipos y colaborando en lo que el grupo necesitara. Con Pescado estuve muy relacionado porque cuando Spinetta volvió de su viaje a Europa él se vino a vivir a mi casa. Ahí estaba la base de operaciones y se gestaron un montón de cosas.

http://lanan.com.ar/jorge-pistocchi/

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